No sé si te había confesado esto, pero durante muchos años esperé mi carta de Howarts.
Como tantos otros niños que se sentían raritos, esperé y esperé, pero nunca llegó.
Para paliar mi pena, empecé un ritual: cada año en Navidad vuelvo a ver la saga de películas de Harry Potter.
Suelo empezar desde la 3a o la 4a película porque son más adultas, pero este año he decidido ir al principio de la historia, al momento en que comienza la aventura de los pequeños magos preadolescentes, a sus 11 años.
La gracia de los ritos es que por mucho que los repites, cada vez pueden ser distintos… Porque tú eres distinta.
Esta es seguramente la vez 12 o 15 que veo la saga y, sin embargo, he reparado en algo nuevo. ¿Sabes en lo que he reparado por primera vez al volver a verlas?
En la confusión.
Esa que nos acompaña desde que nuestro cerebro empieza a hacerse adulto, hasta que logramos volver a dejarnos ser quienes somos.
Unos 15 años de pura confusión, como subproducto de cada nueva experiencia que tenemos.
Esa sensación de estar a la total merced de la suerte, no saber qué pasará, cómo saldremos parados, el susto de descubrir las consecuencias, la novedad de aprender algo nuevo de nosotros mismos…
Y la incertidumbre de si lograremos integrar las consecuencias con una sola ronda, o si necesitaremos varias.
La confusión, que es la otra cara de la suerte, y que sale siempre de paseo con la novedad.
Mira a Harry, cuando entra a Howarts por primera vez, esta es la triada de sensaciones que le acompañan:
Dónde estoy
¿Qué narices es eso?
Y uff, nos hemos librado por los pelos.
Novedad, confusión, suerte.
No sé tú, pero eso han sido los primeros 30 años de mi vida.
Eso sí, a medida que pasan los años escolares, la vida cada vez se lo tiene que currar más para sorprender a Harry: se debe poner más misteriosa, más clara, más complicada, más tierna, más perversa, más amorosa…
Los buenos no son tan buenos, los malos no son tan malos, todo da cada vez más miedo y, al mismo tiempo, no.
Cada nueva experiencia va llevando al mago hasta el momento en que está preparado para dejar atrás sus apoyos, sus armas, sus trucos… E ir al encuentro de sus sombra y lanzarse con ella al vacío, con la confianza de que acompañado solo por su poder interno, aún puede ganar.
¿Sabes cómo sé esto?
Porque al ir superando mis cursos, he visto que lo que la vida te da de facto en un lado, te lo da también en potencia del contrario:
Cuanta mayor confusión has navegado, mayor claridad puedes conseguir.
Cuanto mayor sufrimiento has soportado, mayor es tu potencial de amar.
Cuanto más caos has vivido afuera, de más quietud puedes proveerte dentro.
Cuanto más vulnerable te has sentido, más fortaleza puedes adquirir.
¿Por qué piensas que tú batallas repetidamente con ciertas cosas donde otras personas no se enganchan más de dos segundos?
Es la vida guiándote hacia tu poder interior. Y lo hace no dándote lo que le pides, sino las condiciones que necesitas para desarrollarlo TÚ.
Que tú elijas cambiar la confusión por claridad, el caos por calma y el miedo por fe.
Cuando lo haces, brota en ti una extraña sensación de confianza que ya nunca se va:
Confianza en ti, confianza en lo que pueda pasar, confianza en la vida y en que te apoya.
Es como aprender a conjurar tu propio expecto patronum.
Lo más parecido que tenemos a esa magia en el mundo real, es una buena autoestima.
Cuando llegas ahí, sabes que puedes soltar tu varita, agarrar al peor de los magos, y tirarte con él al vacío.
Porque ganes o pierdas, ya has ganado.
Sé feliz.

Hola, soy Claudia
Y hace unos años tenía una autoestima de m*erda que asfixiaba todos mi intentos por prosperar. Ni siquiera lo sabía. Ahora vivo alucinada por todo lo que pasa después de construir una buena autoestima, incluído mi sueño de vivir libre siendo consultora. Pero te lo cuento solo si te suscribes :)